Leyre San Martín, profesora en la Facultad de Educación y Psicología, explica la carga psicológica que hay detrás de los propósitos de año nuevo
Cada inicio de año, millones de personas se proponen cambios: hacer más deporte, comer mejor o modificar hábitos cotidianos. Estos propósitos se han convertido en un ritual casi universal, un reflejo de cómo la sociedad valora la superación personal y los nuevos comienzos. Sin embargo, no siempre es fácil cumplirlos y, a menudo, generan frustración o abandono prematuro. Sobre estas nuevas metas y cómo abordarlas de manera saludable responde Leyre San Martín, profesora en la Facultad de Educación y Psicología.
- ¿Por qué nos proponemos nuevos objetivos al inicio de año? ¿Qué carga psicológica tienen?
Vemos el nuevo año como un hito simbólico y un punto de inflexión entre lo que ha sido y lo que podría llegar a ser. A nivel psicológico, necesitamos rituales de transición que nos ayuden a ordenar nuestra experiencia, cerrar ciclos y abrir otros nuevos.
A la vez, estos propósitos nos ayudan a tener una sensación de dirección y control, y nos permiten ir hacia donde queremos de manera más planificada, ordenada y directa. El 1 de enero solemos verlo como ese marco de inicio, y es más fácil comprometernos con algo cuando sentimos que se está empezando de cero.
- ¿Los propósitos pueden dejar de ser saludables?
Los propósitos, en sí mismos, no son negativos. Para valorar si son realmente útiles conviene analizar de dónde surgen: si nacen de la autoexigencia o de la idea de que “si no lo consigo, no valgo”, pueden resultar poco saludables. También influye la forma en que se plantean. Cuando son abstractos o ambiguos, sin un objetivo concreto ni un marco temporal definido, resulta mucho más difícil llevarlos a la práctica y alcanzarlos. También deja de ser saludable cuando las expectativas son irreales.
Otro factor clave es el pensamiento dicotómico: “O lo hago perfecto, o no vale”. Este enfoque rígido ignora los términos medios. Por ejemplo, si hoy no vas al gimnasio, quizá puedas caminar desde el trabajo a casa. No cumplir exactamente lo planeado no significa abandonar el propósito.
Por último, la rigidez y la incapacidad de aceptar días malos son dañinas. Cuando sentimos excesiva culpa por no cumplir un día, tendemos a abandonar el propósito o a fijarnos metas aún mayores que tampoco logramos, cayendo en un ciclo de insatisfacción, fracaso y frustración.
Los propósitos pueden entenderse como un diálogo entre el yo actual y el yo ideal: cuando nos los planteamos, en el fondo estamos diciendo que queremos acercarnos a una versión mejor de nosotros mismos. Todas las personas tenemos margen de mejora y podemos dar un paso más, ya sea cuidando mejor la alimentación, haciendo más ejercicio o mejorando hábitos cotidianos. El reto está en hacerlo sin perder el foco, pero también sin rigidez ni obsesión. Una autoexigencia excesiva suele provocar frustración y, a la larga, el abandono prematuro de esos propósitos.
- ¿Dirías que, además de ser concretos y realistas, es preferible plantear pequeños propósitos frente a grandes idealizaciones?
Creo que cuanto más concreto sea, mejor, y conviene avanzar poco a poco. Es decir, no podemos pretender cambiarlo todo de golpe. Si alguien no tiene incorporado en su rutina un propósito como hacer deporte o comer de forma saludable, lo mejor es ir paso a paso. Por ejemplo, plantearte hacer media hora de ejercicio, elegir una comida sana o ir introduciendo progresivamente alimentos más saludables en tu alimentación.
- Desde el punto de vista psicológico, ¿cómo influyen la fuerza de voluntad, los hábitos y la motivación en el cumplimiento de los propósitos?
Lo que suele ocurrir es que, en ese punto de inflexión que marca el inicio de año, nuestro nivel de motivación está muy alto y aprovechamos ese pico para plantearnos todo. Pero estos objetivos suelen ser pretenciosos; querer cambiarlo todo de golpe resulta complicado.
El verdadero reto está en plantear propósitos que podamos mantener cuando la motivación disminuya y tengamos que recurrir más a la fuerza de voluntad. La motivación es un estado puntual y tiende a bajar, así que necesitamos un equilibrio: aprovechar la motivación inicial, pero también crear un plan que nos permita seguir adelante cuando no tengamos ese impulso.
Esto implica, por ejemplo, incorporar el propósito en nuestra rutina, pedir apoyo a nuestro entorno y construir una estructura que haga más fácil cumplir lo que nos proponemos.
- ¿Cómo crees que influyen las comparaciones o las redes sociales en la frustración que generan los propósitos?
Depende. A veces, ver a otros en acción puede ser útil: te motiva y te da impulso. Por ejemplo, a los estudiantes en época de exámenes, el ir a la biblioteca y ver a otros estudiando puede animarlos a ponerse manos a la obra. En ese sentido, la comparación positiva funciona: te inspira a avanzar.
El problema surge cuando la comparación se vuelve irreal o demasiado exigente. Si interpretas que debes alcanzar exactamente ese estándar y que cualquier desviación es un fracaso, entonces puede ser dañina. Ese tipo de comparación genera desmotivación y la sensación de no estar a la altura.
Por eso, los propósitos funcionan mejor cuando están adaptados a nuestra vida, nuestros valores y nuestras metas personales. Deben ser como un traje a medida: algo propio, no una presión externa de familiares, amigos o redes sociales. El propósito debe ser tuyo y para ti, no un reflejo de lo que otros hacen.